Morcillo, un corazón hecho en Lezama que late con fuerza en Almería
El zornotzarra recuerda a los extremos zurdos a la vieja usanza, un futbolista que encara y dispara como lo hizo el domingo en el Nuevo Mirandilla
Juanjo Aguilera
Lunes, 9 de febrero 2026,
Hay futbolistas que llegan haciendo ruido y otros que prefieren entrar de puntillas, como si supieran que en el fútbol la verdadera presentación siempre la hace la pelota. Jon Morcillo (15-09-1998), pertenece a esa segunda especie, la de los extremos zurdos que no necesitan demasiadas palabras porque hablan en un idioma antiguo, reconocible, casi sentimental. Nacido en Amorebieta-Etxano y educado en la cultura competitiva del Athletic Club, su figura activa de inmediato una memoria muy concreta de San Mamés, ese territorio donde la banda izquierda nunca fue sólo una demarcación, sino una forma de entender el juego y, en cierto modo, la vida.
Durante décadas, el carril del 11 fue una promesa abierta al viento. En el fútbol de antes, cuando los números contaban historias y no marketing, el 11 tenía dueño. Ese ere coto cerrado del extremo zurdo que vivía pegado a la cal, que desafiaba al lateral una y otra vez, que abría los partidos cerrados con un regate o un disparo cruzado. Aquella estirpe dejó nombres que todavía resuenan en la piedra vieja del estadio. Piru Gainza, el mejor extremo izquierdo de la historia del Athletic –un jugador 'veloz, vertical y de clase prodigiosa', parte de lo que le convirtió en uno de los futbolistas más laureados en la historia del Athletic, tanto por sus goles como por su estilo de juego–; Txetxu Rojo, con su rebeldía luminosa y su elegancia natural, convirtió la banda en un lugar de belleza o Estanis Argote, zurda fina y mirada serena, le bautizaron como el mejor centrador de Europa y fue él quien puso el centro que terminó en el gol decisivo de la penúltima Copa conquistada por el Athletic, hace ya más de cuatro décadas, un gesto suspendido en el tiempo que aún pertenece a la memoria colectiva del club.
Sello propio
Morcillo no imita a ninguno de ellos, pero camina acompañado por todos. En su forma de perfilarse hacia dentro hay herencia; en su golpeo tenso, continuidad; en su manera de encarar, una fe que no se enseña. Porque Lezama no fabrica futbolistas en serie, lo que pasa es que Lezama cultiva caracteres. Allí se aprende a competir antes que a brillar, a entender el peso de una camiseta antes que el eco de un aplauso. Salir de ese lugar nunca es sencillo. Las cesiones –vivió un año, el del ascenso del Real Valladolid a Primera el mismo año que se produjo el último ascenso de la UD Almería y, posteriormente, jugó en el equipo de su pueblo, la SD Amorebieta–, las esperas, los caminos secundarios forman parte de una prueba silenciosa que separa la promesa del jugador verdadero.
También Lezama ha cambiado, como cambian los lugares cuando el tiempo pasa por ellos. Hubo un día en que aquello eran apenas unos pocos campos abiertos, con el acceso fácil, casi doméstico, como si el fútbol perteneciera todavía a quien quisiera acercarse a mirarlo. El campo principal no tenía gradas y los espectadores se acomodaban en las laderas que lo rodeaban, sentados en la hierba o de pie, viendo crecer a los chicos con la naturalidad de quien presencia algo cotidiano. Era un fútbol cercano, sin barreras, donde la distancia entre el sueño y la realidad parecía más corta.
Hoy, en cambio, Lezama es una ciudad deportiva imponente, ordenada, protegida, con accesos restringidos y estructura de élite. El progreso ha traído mejores medios, más control, más profesionalización. Pero en algún rincón invisible sigue latiendo aquel espíritu primero, el de los chavales que corrían sin pensar en el futuro, el de las tardes de entrenamiento con olor a hierba mojada, el de la banda izquierda como territorio de libertad. Jon Morcillo Conesa pertenece a esa transición entre dos épocas, criado en la modernidad pero heredero de una memoria que no aparece en los planos.
Del norte al sol
Ese viaje, lleno de estaciones intermedias, ha traído ahora a Morcillo hasta Almería, un paisaje distinto en todo, en la luz, en el ritmo, en la urgencia. Del verde húmedo del norte al sol abierto del Mediterráneo, pasando por una fase en el Carlos Belmonte. De la emoción casi litúrgica de San Mamés a un contexto donde cada minuto exige demostrar que uno merece quedarse. El sur no regala certezas, pero ofrece algo igual de valioso, es la posibilidad de reinventarse lejos del recuerdo.
Sus primeras señales en rojiblanco –esta vez con el acento propio de un lenguaje propio– son breves pero profundas. El zornotzarra ha hecho ya dos goles en apenas 194 minutos. No es sólo una cifra, sino una forma de irrumpir. Hay futbolistas que necesitan mucho tiempo para dejar huella y otros que convierten pocos minutos en una declaración. Morcillo, de momento, pertenece a los segundos. Cada intervención suya tiene algo de aviso, como si quisiera recordarle al partido que la banda izquierda sigue teniendo dueño.
El gol de Cádiz
La escena más reciente llegó en el Nuevo Mirandilla de Cádiz, el domingo, con un golazo que mezcló determinación, técnica y ese atrevimiento que distingue a los extremos verdaderos. Pero quizá lo más importante no fue el disparo, sino el contexto. Era su segundo partido como titular, el primer partido completo, noventa minutos enteros para sentirse parte del paisaje y no una aparición fugaz. A veces la continuidad vale más que el brillo. A veces quedarse en el campo es la verdadera conquista.
Hay algo profundamente simbólico en que un extremo zurdo criado bajo la lluvia de Bizkaia empiece a respirar en la luz del sur. El Athletic enseña a competir con orgullo; Almería obliga a hacerlo con presente. Entre esas dos orillas se mueve ahora Jon Morcillo, buscando un lugar que ya no dependa de lo que fue ni de lo que pudo ser, sino de lo que está empezando a ser.
Porque, en el fondo, cada arrancada suya parece traer consigo una memoria antigua. Como si aquel viejo 11 de San Mamés siguiera corriendo por la banda a través del tiempo. Como si el centro de Argote aún viajara en el aire. Como si la rebeldía de Rojo encontrara una nueva zurda donde quedarse, como si la magia de Piru Gainza siguiera dibujando regates imposibles y goles memorables entre los postes del viejo estadio, dejando un eco de clase que todavía resuena en cada toque y cada desborde. Y mientras el balón siga obedeciendo a su pie izquierdo con esa mezcla de rabia y delicadeza, la historia de Jon Morcillo dejará de contarse en futuro.
Empezará, por fin, a escribirse en presente.
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